Estoy de pie encima del acantilado. A mis pies, las olas del mar rebotan contra la escarpada pared de piedra. Sobre mi cabeza, el resplandor de las titilantes estrellas.
Cierro los ojos y escucho. El rugido del mar es aterrador, con las olas luchando por ver quién es la que derriba la montaña, forman un estruendo ensordecedor que hace temblar el suelo. El sonido me parece absorbente. Oigo una ola chocar y tiemblo, y hay un momento de calma e incertidumbre hasta que suena la siguiente. Un momento en el que contengo la respiración. Pero las olas no me fallan y siguen chocando.
También puedo escuchar la luz del faro girando. Desde donde estoy es un sonido intermitente pero regular. Hasta podría parecer que intenta domar a las olas, y acompasarlas a su ritmo.
Sin embargo, pese a todos estos sonidos, a mi me invade la sensación del silencio. Ni coches, ni voces, ni pasos. Ni siquiera mi mente hace ruido, pues se ha doblegado al solemne silencio que reina.
Cierro los ojos y respiro. El aire que atraviesa mis pulmones es denso, cargado de agua, y fresco. Su olor es salado y humedo, como si el mar estuviera a un palmo de mi nariz. También es fresco y limpio. Es lo que más me gusta, el olor límpido y agradable, totalmente diferente del humo de la ciudad o el abono y la sequedad del campo.
Cierro los ojos y siento. Siento la hierba fría bajo mis pies. La madera suave donde me apoyo. La brisa perezosa que recorre mi cuerpo y me da ganas de echarme a volar. Siento la noche rodeando mi piel con su suave insinuacion de que nadie puede verme, y la certeza de la soledad me inspira pensamientos de libertad.
Abro los ojos. Ante la inmensidad del cielo estrellado, en el que soy consciente de que hay millones de planetas y estrellas millones de veces mayores que yo; y la inmensidad del mar, que se que ocupa cientos de kilómetros y alberga cientos de especies diferentes, soy diminuta. Pero a la vez contemplo la belleza que me rodea: el brillo plateado y cambiante de la luna sobre el agua, la nívea espuma que corona las olas, el haz de luz dorada que emite el faro,... y siento que todo ello me pertenece, pues solo yo estoy presente para contemplarlo. Y qué visión se me ofrece, el cielo está libre de nubes de tal forma que la luz de la luna lo ilumina todo, tornando la boveda celeste de un azul marino claro, en contraste con el azul oscuro grisaceo del mar...
Contengo el aliento de nuevo, me siento abrumada. Tardaré años en poder moverme de aquí pues siento que nada me falta...
cris*