miércoles, 19 de febrero de 2014

La leyenda del WhiteWings (Parte 1)

Se que ahora estaréis pensando: "¡Oh dios mio! ¡Dos entradas en dos días seguidos!" Pues si, tengo que decir que estoy en casa con un catarro tremendo y tengo mucho tiempo libre y me aburro. Así que escribo, que en realidad lo echaba de menos, así que seguramente durante una temporada estéis sobresaturados de cris jaja.
Y, ¿qué voy a escribir hoy?, pues hoy vuelvo a ser mi yo superoptimista y feliz así que relato ligeramente ñoño pero que espero que os guste.
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El barco surcaba las aguas con velocidad y firmeza. El viento helado hinchaba las velas al mismo tiempo que arrebolaba las mejillas de Sam, aferrada a lo más alto del palo mayor. Para ella no había mejor sensación en el mundo que la de estar allí arriba, a un paso de poder volar, sintiendo la velocidad, la fuerza del velero, la libertad del viento, aunque este dificultara su misión de vigía llenandole los ojos de lágrimas.
Descendió con agilidad hasta la cubierta, pensando en lo maravilloso de su decisión de ocultar su sexo y alistarse como grumete del WhiteWings. Allí, además de escapar de sus perseguidores, había descubierto su talento natural y su amor por la navegación. Había nacido para estar allí, finalmente sentía que todo encajaba en su vida. Entendía al barco y al mar de una manera asombrosa, y el capitán no había tardado en darle más responsabilidades al percatarse de ello.
Volvió al presente mientras corría hacia el mascarón de proa. La madera crujía bajo sus pies descalzos, minúsculas particulas de agua salada flotaban en el aire y se enredaban en su pelo y su ropa, todo olía a sal de una manera refrescante y maravillosa, y el cielo parecía estar de tan buen humor como ella. Vio por el rabillo del ojo a Wes, su compañero de tareas, siguiendola en un intento de llegar primero. Aceleró de manera que este solo pudo alcanzar el sonido burbujeante de su risa.

No había quien alcanzara a Sam cuando este estaba de buen humor como hoy, penso Wes. Le parecía increible que solo llevara un mes como grumete, sin haberse subido a otro barco en su vida, y ahora sus habilidades se equipararan con las suyas propias. Pero lo que hacía Sam era instintivo, siempre sabía lo que el barco necesitaba, a donde ir o cómo proceder. Le admiraba, reconoció con pesar, pero aún más profundamente escuchó esa vocecilla interior que le decía que era más que eso. Que no admiraba al capitán de la misma manera, que miraba la sonrisa de su compañero más de lo debido, que cuando veía la chispa de sus ojos se sentía capaz de cualquier cosa. Pero había un problema, y aunque sabía que lo que más debería preocuparle era que ambos eran varones, le daba igual, puesto que el pensaba que la gente se enamoraba de otras personas, de sus almas, no de su sexo. No, lo que más le preocupaba era que, a pesar de tener solamente un año menos que él, Sam no demostraba ningún interes el tales asuntos, de hecho su comportamiento recordaba al de un niño pequeño. Sam amaba al barco, al mar y al cielo abierto, y Wes sabía que no podía competir con ello.
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En verdad iba a ser más corto pero me ha gustado y me he dejado llevar, mañana colgaré la segunda parte para que no sea tan pesado y para dejaros con la intriga xD

Espero que tengais un dia maravilloso, y traedme pañuelos y noticias del mundo exterior, gracias.

cris*

martes, 18 de febrero de 2014

Un Tritón en mi Bañera

       Todo empezó cuando, practicando, invoqué a un tritón en mi bañera. Era una criatura perfecta, como mi mano de grande. De cintura para arriba era igual que un niño cualquiera, salvo porque en vez de orejas tenía branquias en el cuello, su pelo era blanco, y sus ojos, sin pupilas, completamente azules. De cintura para abajo tenía una cola de pez, con las escamas del mismo color que sus ojos. Me miraba con curiosidad y admiración, y en seguida sentí el impulso de protegerlo. Observó el entorno, y me di cuenta de que tenía miedo. Moví mi mano lentamente, arrastrándolo, y en un primer momento me miró alarmado, pero luego ganó su curiosidad y se soltó, explorando el agua de alrededor. La siguiente vez que pasó cerca de mí, cuando sacó la cabeza, le salpiqué. En seguida se dio cuenta de que era una broma y empezó a lanzarme agua sin descanso, y antes de ser consciente de ello me descubrí riéndome y jugando como hacía mucho tiempo que no lo hacía.
         Pasaron muchos años, y lo quería, ¡cómo lo quería! Era mi amigo, mi confidente, una criatura maravillosa que lo daba todo y te hacía querer dárselo todo. Pero se acababa el tiempo de invocación, y tendría que devolverlo a su hogar. Él me miró, suplicando que no lo hiciera con sus hermosos ojos, puesto que quería quedarse a mi lado. Investigué sin descanso una forma para que se quedara. Lo intenté, usé todo el poder que tenía. Pero no lo conseguí, y se acabó el tiempo. Y desapareció. Y perdí lo único que había conmovido mi corazón desde hacía años. 
        Me sentí impotente, pues no había podido evitarlo, no había sabido cómo hacerlo. En ese momento, rota de dolor, mi alma se retorció miserablemente. Mis ojos vertieron lagrimas hasta que no pudieron abrirse más, y aún entonces las lágrimas corrían por mi nariz y mi boca. Estuve muchos siglos encogida en la oscuridad, no queriendo ver lo que tenía ante mis ojos. Y es que ni con toda la magia del mundo podría parar el tiempo. Porque hay cosas en la vida que nadie puede controlar. Porque todo lo que hay en el mundo te dirige a perder esa ilusión con la que haces las cosas. Las personas, sus actos, la suerte y el destino, todo lleva a que llegue el día en el que dejas de luchar por esa ilusión y simplemente te rindes. Te rindes y aceptas las cosas tal y como son, sin tener el impulso de querer cambiarlas y hacer que sean mucho mejores, perfectas. Porque, ¿para qué involucrarse, esforzarse y sufrir por algo?, ¿para qué, si luego sólo conseguirás tu objetivo una de cada cien o de cada mil veces que lo intentas?. Eso significa que hay 99 o 999 veces en las que vas a acabar llorando. Y, claro, no merece la pena. Es más fácil no intentarlo.
      Y cuando comprendes esto es cuando tu corazón deja de ser el de un niño. 
      Maduras, si, pero, ¿a qué precio?

cris*