martes, 26 de febrero de 2013

Dios de la Guerra

Su puño se estrelló contra la mandíbula del hombre con un sonido acuoso y sordo, y a él le pareció el sonido más hermoso del mundo, el sonido de la liberación. Hacía tiempo que sabía que algo en su interior estaba roto más allá de cualquier arreglo. Había intentado ignorarlo y seguir con su vida, pero no había dado resultado. Estaba harto de que todo el mundo le impusiera su punto de vista, harto de tener que tragar con normas hechas por niñatos estúpidos que solo tenían el poder de escribirlas por el sucio dinero de sus padres. Él era mucho mejor que ellos, mucho mejor que todas aquellas personas que seguían insistiendo en que tenía que hacer lo que ellos dijeran. Así que decidió no hacerlo. Y fue el mejor momento de su vida. Puede que fuera un desadaptado, que fuera mala persona o cruel, pero le daba igual porque estaba harto. En un principio solo quería salir de allí, pero ahora le había cogido el gusto a pegar puñetazos, y no iba a dejarlo tan fácilmente. Una furia ciega le cegaba mientras seguía encajando puñetazos en la mandíbula de aquel hombre. Un instinto casi animal le dijo que había roto el hueso y que era mejor que buscara una nueva victima. Siguió ese impulso, que le guió hacia las puertas del edificio mientras dejaba un reguero de sangre a su paso. Todo el que se cruzaba en su camino se encontraba con sus puños, y él se sentía invencible.
Una vez fuera, el aire de la noche apagó ligeramente su entusiasmo, aunque no lo suficiente como para arrepentirse, no, aquella había sido la mejor noche de su vida y si pudiera volver atrás, intentaría que durara un poco más. Fue a apartarse un pelo de la cara, pero al ver su mano se detuvo. Su piel estaba completamente carmesí por su sangre y la de sus enemigos. La carne se había desgarrado y había trozos colgando de sus nudillos debido a la fuerza y la violencia que había empleado. La contemplo unos minutos, extasiado, la acercó a su cara y aspiró el hedor de la lucha vencida.
Sonrió.
Ares había nacido.

Cris*