miércoles, 7 de mayo de 2014

Déjame odiarte

Ojala me hubieras dejado odio. El odio, el orgullo, la altivez, son invenciones humanas para hacer frente al dolor. Es una mera armadura para ocultar nuestro interior sangrante. Y pensaras, ¿para qué quieres ocultarlo a los demás? Pero no, no es para ocultarlo de los demás, es para ocultarlo de nosotros mismos. Es para distraer nuestros sentimientos y nuestra conciencia de ese desgarrador dolor que sentimos por dentro. Porque no hay dolor físico que se equipare a ese dolor emocional. Sientes una herida que te impide respirar hondo, que te deja sin ganas de nada, que no puedes ver ni curar o aliviar de ninguna manera. Una herida tan profunda que te remueves inquieto en busca de algo que no sabes qué es y que jamás encuentras. Te obsesiona, no te deja vivir, los minutos se vuelven horas y estas, días.

Y todo eso no llega a describir una décima parte de lo que es en realidad. Nadie en su sano juicio querría experimentar eso, así que lo ocultamos tras el velo de la rabia y el orgullo. Y puede que pienses que estas tampoco son emociones agradables, pero hacen que te sientas extrañamente eufórico, apasionado, rebosante. Todo lo contrario al agujero negro de la tristeza y el dolor.

Así que ojalá me lo hubieras dejado, pero no. Es de esas veces que el cansancio acaba con todas las fuerzas necesarias para avivar la llama de la ira, y simplemente quieres hacerte una bola, dormirte, vivir un sueño feliz y tranquilo, y nunca más despertar.

cris*