Ojala me hubieras dejado odio. El odio, el orgullo, la altivez, son invenciones humanas para hacer frente al dolor. Es una mera armadura para ocultar nuestro interior sangrante. Y pensaras, ¿para qué quieres ocultarlo a los demás? Pero no, no es para ocultarlo de los demás, es para ocultarlo de nosotros mismos. Es para distraer nuestros sentimientos y nuestra conciencia de ese desgarrador dolor que sentimos por dentro. Porque no hay dolor físico que se equipare a ese dolor emocional. Sientes una herida que te impide respirar hondo, que te deja sin ganas de nada, que no puedes ver ni curar o aliviar de ninguna manera. Una herida tan profunda que te remueves inquieto en busca de algo que no sabes qué es y que jamás encuentras. Te obsesiona, no te deja vivir, los minutos se vuelven horas y estas, días.
Y todo eso no llega a describir una décima parte de lo que es en realidad. Nadie en su sano juicio querría experimentar eso, así que lo ocultamos tras el velo de la rabia y el orgullo. Y puede que pienses que estas tampoco son emociones agradables, pero hacen que te sientas extrañamente eufórico, apasionado, rebosante. Todo lo contrario al agujero negro de la tristeza y el dolor.
Así que ojalá me lo hubieras dejado, pero no. Es de esas veces que el cansancio acaba con todas las fuerzas necesarias para avivar la llama de la ira, y simplemente quieres hacerte una bola, dormirte, vivir un sueño feliz y tranquilo, y nunca más despertar.
cris*