“La Daga del Viento es
la mejor asesina de la ciudad. Sigilosa, discreta…cara. Pero puede llegar hasta
cualquiera, por bien que se proteja. Asesina, sin preguntas, por un precio,
pero eso no es lo mejor. Dicen que es tan hermosa y fría que los que mueren a
sus manos creen estar viendo a una diosa y que sus ojos son blancos como la
nieve porque el horror de lo que ha visto se llevó su color…”
Avancé por las calles de mi barrio. A esa hora, las prostitutas
empezaban a colocarse en sus oficinas, a la espera de piratas, soldados y
marineros que quisieran comprar sus encantos. Entre ellas, los vendedores de
sustancias prohibidas tentaban a los tontos incautos que se dejaban embaucar
por la promesa de una vida mejor. Pero todos ellos se apartaban a mi paso.
Habían oído los rumores, si, pero además ellos me conocían. Conocían los
tatuajes de mis párpados, una daga, el viento. Conocían su historia y mi…”oficio”.
Conocían mis habilidades y las temían.
Llegué a la taberna que era el centro de aquel barrio de
mala muerte. Entré, puntual como siempre, y las miradas de todos los hombres se
volvieron hacia mí. Hacía mucho tiempo que había aprendido a mostrar mi cuerpo
para controlar las mentes de los hombres, que llevar falda o un vestido
recatado no te salvaba de violadores, asesinos o traficantes de esclavos.
Saludé a Melch, dueño de la taberna y mi único amigo, y me
dirigí a mi mesa del rincón. Sabía que estaría sola hasta que los que ansiaban
hacerme un encargo reunieran el valor necesario para hablarme.
De repente un hombre entró dándole una patada a la puerta.
Era todo ego, masculinidad y desprecio. Casi tuve que reprimir una sonrisa, me
encantaba cuando los hijos gallitos de los lores venían a verme. Me iba a
divertir.
Lo observé mientras miraba a su alrededor y supe el momento
exacto en el que me vio. Abrió ligeramente los ojos por la sorpresa y se lamió
los labios con deseo. Yo sabía lo que estaba viendo: mis largas y finas piernas
enfundadas en ajustados pantalones y botas de cuero negro, mi cintura plana al
descubierto y mis pechos apenas contenidos por una banda de cuero blanco.
Tardó un rato en llegar a mi rostro, admirando claramente mi
piel pálida y mi larga cabellera negra, pero por fin encontró mis ojos. Y toda
emoción que tuviera se transformó en terror. Daba igual que los rumores
describieran mis ojos blancos a la perfección, cuando alguien los veía por
primera vez siempre se aterrorizaban. Yo tenía los ojos de la muerte.
La mayoría huía en ese momento, pero este era el hijo de un
lord, y apretó los dientes y vino hacia mí con arrogancia, pero sin sostener mi
mirada.
-¿Sois vos la Daga del Viento?-Inquirió, pavoneándose.
Cerré los ojos, mostrándole mis tatuajes en mudo asentimiento,
y él se sentó frente a mí.
-Supongo que milord ha venido para otorgarme el inmenso
placer de servirle- Dije sugerentemente, y ví como mis palabras lo confundían,
tentándole con deseo a olvidar la propuesta que traía.
-Para eso y para haceros un encargo además- Así que
pretendía obtenerlo todo de mí. Esta vez no me reprimí y le mostré mi sonrisa.
Inmediatamente todos los hombres de la taberna se alejaron unos pasos,
intuyendo una pelea. Ingenuos, este pelele ni siquiera presentaría resistencia.-Lo
primero será el pago de lo segundo
-Yo decidiré el pago o perderéis vuestras dos preciadas
bolsas hoy-
-¿Dos? Yo no traje…-Se interrumpió al notar la daga de mi
bota en la entrepierna- ¿Cómo os atreveis?-Ejercí más presión y el color huyó
de su rostro- Está bien, mi señora, vos mandais.
-El encargo, ¿de quién se trata?- Le pregunté, sin retirar
mi daga
-Del hijo del duque de Dulstramm, Drei-Respondió, con la voz
llena de odio
-Vuestro mejor amigo, ya veo-Recordé lo que sabía del
ducado- Un muro con foso y cocodrilos, dos docenas de guardias día y noche, y
el propio Drei Dulstramm es el mejor espadachín del condado. Serán cien lotos
de oro.
-¿Cien?¿Estais loca? Tan solo sois una ramera creída que
prentende desvalijar a los caballeros. Ninguna vida vale tanto. Os enseñare lo
que pasa cuando una mujer pretende jugar con un hombre-Su error fue decir todo
esto antes de actuar, y no pensar en la posición de mi daga.
Cuando hizo ademán de levantarse, moví mi pie cortando sus
testículos. Dio un alarido y cayó de rodillas. Me levanté y lo agarré del pelo
antes de que pudiera desplomarse, y coloqué otra de mis dagas en su garganta.
-Comprobaré su teoría. Serán cien lotos de oro por su vida-
Antes de que terminara de hablar ya me había entregado el dinero-Bien. Su vida
vale cien monedas, igual que la de su amigo, si aún está interesado.
Lo solté y cayó al suelo. Melch mandó a dos de sus chicos
para llevárselo, pero cuando lo levantaron susurró:-Lo estoy
-Déjele el dinero a Melch y esa misma noche obtendrá su
deseo-Le susurré al oído
Volví a sentarme en mi mesa. Tras aquella demostración,
sabía que tendría muchos mas encargos aquella noche…
Bueno, pues ya me direis que os parece. Os vuelvo a dejar el link del blog de Sanmar (gran blog por cierto, gran escritor, persona y amigo ^^) http://demenciaerrante.blogspot.com/
cris*