Entro en mi habitación y miro por la ventana, sin ver realmente lo que hay al otro lado, pensando aún en la conversación anterior. Y voy quitándome las finas capas de indiferencia con las que me he cubierto, innecesarias ahora. Al fin y al cabo, por mucho que quiera negarlo y fingir ante los demás, no puedo engañarme a mí misma. Te quiero, te quiero como nunca he querido a nadie, en mis dos milenios de vida. Y ello me llena de alegría y tristeza en igual medida. ¡Si tan solo no existiera esta maldita restricción!, ¡si tan solo pudiera tocarte! Pero no hay nada que pueda hacer para evitarlo, ninguna magia puede anular la barrera que me envuelve. ¡Supuestamente para protegerme! Pero me niega lo que más ansío.
Hay veces que lo olvido. Me encuentro a mí misma sonriendo, pensando que soy normal, que todo va bien, que la barrera no existe. Pero despierto y recuerdo la verdad, y la sonrisa se desvanece. Nada ha cambiado, y seguramente nada vaya a cambiar, pero no puedo rendirme. Tu sonrisa me persigue, tus ojos se me aparecen en sueños, y quiero sentir tus labios, el roce de tu piel contra la mía. Recuerdo todos los momentos que hemos pasado juntos, uno tras otro, y no quiero, no puedo dejarlos escapar, pero no puedo evitarlo. ¡Me siento tan impotente! Haría cualquier cosa, lo daría todo, por poder estar contigo, aunque no te pudiera tocar, aunque no te pudiera ver siempre que quisiera. Pero no pondré tu vida en peligro por un deseo egoísta, créeme, encontraré la solución.
No por nada soy una Guardiana del Oráculo