martes, 18 de febrero de 2014

Un Tritón en mi Bañera

       Todo empezó cuando, practicando, invoqué a un tritón en mi bañera. Era una criatura perfecta, como mi mano de grande. De cintura para arriba era igual que un niño cualquiera, salvo porque en vez de orejas tenía branquias en el cuello, su pelo era blanco, y sus ojos, sin pupilas, completamente azules. De cintura para abajo tenía una cola de pez, con las escamas del mismo color que sus ojos. Me miraba con curiosidad y admiración, y en seguida sentí el impulso de protegerlo. Observó el entorno, y me di cuenta de que tenía miedo. Moví mi mano lentamente, arrastrándolo, y en un primer momento me miró alarmado, pero luego ganó su curiosidad y se soltó, explorando el agua de alrededor. La siguiente vez que pasó cerca de mí, cuando sacó la cabeza, le salpiqué. En seguida se dio cuenta de que era una broma y empezó a lanzarme agua sin descanso, y antes de ser consciente de ello me descubrí riéndome y jugando como hacía mucho tiempo que no lo hacía.
         Pasaron muchos años, y lo quería, ¡cómo lo quería! Era mi amigo, mi confidente, una criatura maravillosa que lo daba todo y te hacía querer dárselo todo. Pero se acababa el tiempo de invocación, y tendría que devolverlo a su hogar. Él me miró, suplicando que no lo hiciera con sus hermosos ojos, puesto que quería quedarse a mi lado. Investigué sin descanso una forma para que se quedara. Lo intenté, usé todo el poder que tenía. Pero no lo conseguí, y se acabó el tiempo. Y desapareció. Y perdí lo único que había conmovido mi corazón desde hacía años. 
        Me sentí impotente, pues no había podido evitarlo, no había sabido cómo hacerlo. En ese momento, rota de dolor, mi alma se retorció miserablemente. Mis ojos vertieron lagrimas hasta que no pudieron abrirse más, y aún entonces las lágrimas corrían por mi nariz y mi boca. Estuve muchos siglos encogida en la oscuridad, no queriendo ver lo que tenía ante mis ojos. Y es que ni con toda la magia del mundo podría parar el tiempo. Porque hay cosas en la vida que nadie puede controlar. Porque todo lo que hay en el mundo te dirige a perder esa ilusión con la que haces las cosas. Las personas, sus actos, la suerte y el destino, todo lleva a que llegue el día en el que dejas de luchar por esa ilusión y simplemente te rindes. Te rindes y aceptas las cosas tal y como son, sin tener el impulso de querer cambiarlas y hacer que sean mucho mejores, perfectas. Porque, ¿para qué involucrarse, esforzarse y sufrir por algo?, ¿para qué, si luego sólo conseguirás tu objetivo una de cada cien o de cada mil veces que lo intentas?. Eso significa que hay 99 o 999 veces en las que vas a acabar llorando. Y, claro, no merece la pena. Es más fácil no intentarlo.
      Y cuando comprendes esto es cuando tu corazón deja de ser el de un niño. 
      Maduras, si, pero, ¿a qué precio?

cris*

2 comentarios:

  1. He de decir que me gusta mucho como te has involucrado tanto en un relato que se aleja de lo que sueles escribir. Me gusta, pero me asusta que pueda ser una metáfora de tus propios sentimientos.

    P.D: Me gusta el nuevo diseño de tu blog, sobre todo por que ahora es legible XD

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  2. jajajaja sabia que ibas a decir lo de la letra

    sabes que todo lo que escribo siempre es una metáfora, si no no quedaría bien, pero no te preocupes xD

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